
Se sumerge, vuela. El gran océano sin límites la posee, descubriendo suavemente zonas que nadie había conseguido conocer. La brisa recorre su piel, y en la tranquilidad del mar ve reflejada a una hermosa gaviota blanca, flotando hacia el horizonte inexplugnable. Se hunde y levita. El Sol se desliza bajo las aguas de sangre. Sus ojos dislumbran a lo lejos claridad, su presencia añorada, olvidada, la invade y una gota humedece su mejilla, al tiempo que su cuerpo inerte se libera de la ultima bocanada de aire. La luz se apaga y su corazón empieza a latir.
Las agujas se detienen y el pájaro alza el vuelo.
